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Matías Pinto: Pura poesía geométrica

Matías Pinto: Pura poesía geométrica

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Sábado, 29 de Agosto del 2009
Composiciones de gran pureza, tanto en la forma como en el color, hay en la reciente producción de Matías Pinto d'Aguiar. El más introvertido de la llamada "generación de los 80", se olvida un momento de su habitual timidez para hablar de sus treinta años de pintura y contar cómo ha traspasado a la tela su mundo interior, un conjunto de vivencias, historias y sueños que él convierte en pura poesía.

Texto, Mireya Díaz Soto


La muestra de Pinto d'Aguiar se presenta hasta el 7 de septiembre.

Al pararse frente a un cuadro de Matías Pinto d'Aguiar dan ganas de dar un paso adelante y entrar. Puede ser por la luz, porque es divertido que las cosas estén donde no debieran -un árbol puesto al revés, el mar más arriba de la tierra-, por los colores -brillantes incluso en la gama de los grises-, o por sus espacios con niveles desnivelados desde donde el mundo se puede ver aún más raro (de lo que ya es).

El taller donde realiza estas obras hasta se parece un poco a ellas. Hay hartos colores, mucho espacio, claridad y una arquitectura libre que aguanta una chaise longue en medio de la nada, una mesa de dibujo en medio de otra, un altillo, cuadros amontonados, una mesa chilena en la cocina.
Entonces, después de mirar los cuadros de la etapa 2006-2009 -en la galería Isabel Aninat-, de echar un vistazo a su taller y de jugar a las adivinanzas quedan dos opciones: hay dentro de él un tormento oculto en lo más profundo de su alma o solamente -y a simple vista- es un tipo feliz.

Matías Pinto d'Aguiar Undurraga tiene 53 años y conserva desde la infancia algunas de las atmósferas que aparecen en sus obras. Él habla de una levedad, de cositas que quedaron, situaciones no específicas, de su sensación de llegar a lugares donde nunca ha estado, pero que reconoce. Era el más chico de tres hermanos que vivían con sus padres en una casa, primero, en Pedro de Valdivia Norte, rodeado de potreros, y luego en Vitacura, con más campo todavía, donde podían comprar leche de vaca. No viajaba, no vivió fuera de Chile, no se cambió de lugar. "Nada especial", dice. La aventura más grande era ir al centro con su hermano, esperar una hora a que pasara la micro que tardaba otra más en llegar, meterse al pasaje Matte a comprar estampillas y volver con la sensación de haber viajado fuera de Santiago. Lo que marcó su primer acercamiento a la pintura fue la exposición "De Cézanne a Miró" en el Bellas Artes, el año 68. Todavía tiene el catálogo donde aparecen los grandes referentes de su trabajo, Picasso, Braque, Balthus, Klee, el futurista Severini que tanto calzaba con lo futurista que estaba intentando ser él en sus trabajos del colegio. "Eso constructivista que todavía tengo".

Tras los primeros años en la Escuela de Arte de la Universidad de Chile el ejercicio era forzar la pintura hacia distintas direcciones porque no estaba muy seguro de cómo era él mismo. Recuerda haber tratado de ser bien pop, plano, haber manchado como un expresionista y probar, probar. Ahora el interés está en lograr paz interna para estar bien. No para quebrar esquemas formales.

¿Qué opinas de lo que estás mostrando?

-Estoy re contento porque encuentro que es una exposición muy auténtica. Logré llegar a una síntesis que me gusta mucho y que es composición y construcción de atmósferas. Sin decorados, pocas imágenes, lo más sencillo posible. Tú me hiciste ese comentario, que eran como para meterse.

Sí, claro.

-Eso para mí es una maravilla. Que un espectador logre entrar es lo que uno más quiere porque hay conexión. Me gusta que la obra salga de mi taller a un encuentro natural con el espectador. Porque para mí así es la poesía. Tiene varias lecturas.

¿Por qué en tu obra no has puesto figuras humanas?

-Casi no he puesto figuras en general. Salvo algunos animales, entre ellos este caballo que se hizo más famoso, los protagonistas han sido muy poquitos. Es más bien paisaje interior, exterior, o mezclados, porque soy un admirador de lo purista. El caballo para mí es como una coma, cuando la necesito la puedo ocupar igual que un árbol, no es más que eso. No le he dado nunca la importancia que le han dado montones de personas. Indudablemente es una imagen que se carga de todas tus vivencias, pero no tiene por qué ser literal. Yo aspiro a que la pintura sea igual a mí, porque es mi manera de trabajar y mientras más conectado conmigo mismo esté, más fluye. Eso tiene que ver con tu historia, tus recuerdos, sueños.

¿Y con qué sueñas?

-Con seguir haciendo lo que estoy haciendo y que no se termine. No necesito muchas cosas. Me gustaría viajar. Con mi hija. Pero hacerlo yo. No soy de la onda de las becas ni de los compromisos.

Los cuatro mosqueteros

Matías se ha casado muchas veces. La única relación que ha mantenido inalterable, por casi los mismos treinta años que lleva pintando, es con sus amigos también pintores Samy Benmayor, Bororo y Pablo Domínguez, quien murió de un cáncer fulminante el año pasado. Son la destacada generación de los 80 -en la que también se suele mencionar a otros autores como Jorge Tacla e Ismael Frigerio-, pero más de una vez se les ha confundido con un colectivo pictórico cuando en realidad no pintan ni parecido, no quieren hacerlo, y casi no hablan de pintura cuando se juntan. Cocinan. La mayoría de las veces convidados al taller de Benmayor, vecino a Bororo y Matías. Cuando éste se anima, sorprende con cazuela o papas con chuchoca. "Un día les puse unas longanizas para que no me las encontraran tan pálidas", cuenta entre risas.

Los cuatro tienen en común la universidad, aunque en distintos años; el primer viaje a Nueva York y los primeros talleres, en Maruri, Chucre Manzur. Después seguían vecinos, pero en sitios distintos. "Pataletas imagínate cuántas deben haber habido, por tonteras. ¿Sabes lo que es trabajar juntos en un taller chico? Te empiezas a chocar retrocediendo para mirar una pintura. Era muy divertida una época, cuando estábamos en Carmen con Santa Victoria, en que hacíamos los "miércoles gigantes", nos juntábamos los cuatro a pintar para no estar tan solos.

¿Cómo hacían arte en los 80?

-Estábamos todos como castigados en la casa, igual que cabros chicos. Lo único positivo del encierro era que podíamos hacer un trabajo íntimo tranquilamente. No quedaba otra. Yo siempre estaba con el dilema de si irme o no de Chile. Muchos amigos estuvieron meses, un año afuera. Otros no volvieron. Pero era un tema. Porque no estabas seguro de si estabas perdiendo el tiempo acá. Ahora lo veo como algo positivo porque logré concentrarme y trabajar. Se dio también que empezamos a pintar cuando la moda era ser conceptual. Y éramos súper mal vistos, despectivamente, por esto de pintar en tela y caballete. Al final resultó que lo mismo pasó en el mundo entero.

En una entrevista a los cuatro juntos contaban que Samy, Bororo y Pablo participaron en la fundación del PPD. ¿Tú no te animaste?

-No... Primero, no funcionamos en bloque para esas tonteras. La verdad es que yo detesto los grupos de más de tres personas, le hago el quite a pertenecer a alguna institución de cualquier tipo. Misa o política. El arte es mi trinchera de libertad. Qué más. Uno tiene que meterse en lo que sabe hacer. Mi posición era seguir creando y en mi caso bastante pasado por la poesía, nunca he sido muy panfletario ni partidario de anteponer ideas a la imagen.

¿Te ha resultado difícil ser pintor?

-No especialmente. Cuando era joven nunca pensé que iba a poder vivir de la pintura. No tenía referentes acá en Santiago de que fuera posible. Uno se tira al agua con la inconciencia de la juventud y ahí veremos si hago clases o qué. Pero había que darle. Esa parte era dura porque no tenías un peso para moverte ni con tus amigos. La gente de mi edad estaba haciendo otras cosas, tenían su casa y yo pasaba por un vago. No tenía reconocimiento. Ni mis viejos me creían. Sentía una gran culpa por no estar haciendo nada. Y en esta pega se pasa mucho tiempo sin hacer nada. Necesitas mirar, ser un mirón, tener momentos para divagar, perder el tiempo. Hasta que de repente empezó a funcionar, gané premios, concursos, me compraron un cuadro, y comenzó a ser posible. Pero fue sobre la marcha. Además, tienes que aprender a llevarte bien contigo mismo para ser una persona feliz, tranquila, y no estar preocupado de cosas que te puedan perturbar.

¿Qué echas de menos de Pablo Domínguez?

-Era difícil hablar más de tres palabras en serio con él porque siempre estaba con la nota humorística, era muy chicha. Era un alegrón verlo. Acogedor, se preocupaba, era bueno para cocinar, encantador.

¿Eres el de más bajo perfil de tus amigos?

-Me acuerdo que a Samy le dije una vez, cuando nadie nos conocía, que yo quería ser famoso, pero que nadie me conociera. Por mi personalidad seguramente, me carga estar metido entre la gente y la alfombra, no lo tolero mucho. Que conozcan mi trabajo. No a mí. Yo prefiero desaparecer todo lo que se pueda. A Samy le gusta la gente, comunicarse. El Boro es más ermitaño, es más parecido a mí. Y el Pablo todos los días hacía un nuevo mejor amigo.

¿Por qué en general los artistas parecen vivir atormentados?

-Porque para ser artista hay que ser sensible, medio complicado. Es típico. La parte atormentada es un poco de película de París, de Montmartre, en que se creía que para ser artista había que sufrir y pasar frío.

Tú eres de los que goza la pintura.

-Claro, aunque también hay momentos en que no resultan las cosas, días pencas. Hay otros en que a lo que estás haciendo le sale el sol y así en la noche llegas a tu camita a descansar.

No pasas por esos estados extremos.

-No... La locura de uno es más suave. Es la locura de partir sin ninguna seguridad de nada. Y hay que ser súper, súper porfiado, pero no en esa bohemia tipo caminando "a pata pelá" por la nieve.

Estás feliz.

-Sí, bastante. Cuando trabajo, leo y tengo todo el tiempo para divagar; o cuando voy a la montaña, o en la mitad del mar, remando. Pero casi siempre estoy aquí en el taller. Hay que quedarse para que se dé el impulso, y no alejarse demasiado.


Texto, Mireya Díaz Soto.
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