Colección permanente del Bellas Artes: Un museo intervenido
Lo peor es que la presente intervención se lleva a cabo mediante obras contemporáneas de una calidad, con frecuencia, bastante dudosa. Lo testimonian un cuadro de narrativa abigarrada y gratuita, colocado al comienzo del sector colonial; en seguida, la introducción de gráfica y fotografía actuales -¡cómo contrasta aquí con Brantmayer y Errázuriz el mediocre retrato de un célebre cantautor!-. Con ello se perturba, se entorpece la contemplación de lo mejor de nuestra pintura, comprendida entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX. Al público se le priva, de esa manera, de la oportunidad de acrecentar su cultura visual. Y él resulta el gran desconcertado, el gran desorientado.
Por otro lado, también una parte capital de las telas de nuestro pasado se ha trasladado a la Sala Matta, para sumarse a muy diversos trabajos bidimensionales de la actualidad. Ellos abarcan, dentro de un confuso montaje, desde Balmes y Figueroa a Dávila y Dittborn. ¿Qué pretende con esta general mezcolanza nuestro principal museo? No queda claro en absoluto, salvo que nos encontramos frente a un muy pobre intento de adelantar la celebración del Bicentenario. Basta pasar al vecino MAC, con sus impecables presentaciones, para comparar y establecer la magnitud del desvío conseguido por el Bellas Artes, bien administrado en un otrora muy próximo.
Tampoco ayuda a amainar el actual estado de cosas del museo la exposición temporal de una fotógrafa, Pilar Cruz. En la Sala Chile nos propone láminas en blanco y negro. Constituyen una desordenada secuencia con una mujer que gesticula detrás de un vidrio empañado. Fuera de que la actuación de esta última carece de naturalidad y gracia formales, emerge todavía crudo un material que pudo ser promisorio. Se echa de menos, ante todo, sentido de la variación y del desarrollo rítmico.
Poética brisa santiaguina
Hasta el mes de septiembre, Galería Gabriela Mistral muestra una video-instalación ("Brisas") de un joven con experiencia fílmica, Enrique Ramírez. Producida en Francia, consta de un filme principal y de cuatro videos. Estos últimos entremezclan vistas marinas, bandera chilena y entrevistas sobre derechos humanos, alrededor del cercano pasado nacional. A pesar del discurso predominante, oficial y políticamente correcto, sus imágenes y su despliegue formal se hallan bien resueltos. Sin embargo, es en la película de gran formato donde la imaginería y su desarrollo alcanzan especial limpieza fotográfica, luz y color atmosféricos, notable vuelo poético. Entrega una sencilla, una unitaria historia sobre el corto recorrido de un único personaje que, superando cualquier prohibición, atraviesa el Palacio de la Moneda. Si al final apoya a éste la guardia militar palaciega, asimismo, al terminar somos sorprendidos por un audaz toque irónico. Se deja ver, así, el revés de la puesta en escena: la lluvia artificiosa que moja al natural y solitario protagonista.
Museo Nacional de Bellas Artes
Intervención Colección Permanente
Parque Forestal
s/n











