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Memoria y abstracción capturan dos jóvenes artistas

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Lunes, 20 de Julio del 2009
 
EXPOSICIÓN En A.M.S. MARLBOROUGH:

Aunque comparten taller, una casa intensamente rosada, en una de las zonas más encantadoras de Vitacura, son artistas que trabajan independientes, pero que ahora exponen juntas en la galería de Ana María Stagno hasta el 8 de agosto.  

Magaly Arenas Zapata

Patricia Fernández: Cartografía de un horizonte

Patricia Fernández Quintana expone 31 de sus más recientes creaciones en la galería de Ana María Stagno, que reúne pinturas y también trabajos hechos con telas, con vestigios intervenidos.

 

 

 

 

El mar es uno de los temas que le interesa a esta artista, le atrae por ese ruido permanente, pero también por ese paradójico silencio que genera. En el caso de su obra el ruido está dado por el color y el silencio por la horizontalidad y esa sensación de infinitud.

En las pinturas su trabajo es intenso y extenso, en cada cuadro puede haber cinco cuadros antes de llegar a su versión final, hay mucho de volver y volver sobre su creación.

En cambio las telas, que presenta bajo el título de "Pliegues'', son en cierto sentido lo opuesto a sus pinturas, en cuanto a que son verdaderas instantáneas, como fotografías que una vez realizadas no se pueden modificar. Para ella las telas son casi como trabajar con origami porque va haciendo figuras que se congelan rápidamente y no dan espacio a la duda. Trabaja mucho con el lino que modifica, que interviene con pigmentos, con colores que van surgiendo de la experimentación.

Le fascinan los vestigios de libros, no desechos, como le gusta precisar. El silencio en las telas se mantiene, aunque se vuelva, en algunas obras, casi desgarrador.

En sus pinturas los títulos también hablan: Mar adentro, Horizonte sur, Horizonte norte, Horizonte oriente. Siempre el mar, pero no cualquiera, el mar de Santo Domingo, que con su extensa playa se abre a un horizonte más vasto aún.

"El horizonte es para mí un estado de ánimo, pero no algo quieto, sino algo fantástico, algo de trascendencia. Además, uno mira de manera horizontal la mayor parte del tiempo, no anda mirando de arriba abajo'', explica.

La artista trabaja directamente con los pigmentos, ella los va preparando y trabajando los cuadros con espátulas, no usa pincel. Otro aspecto singular de su trabajo es que no lo hace teniendo al frente la tela sino que la ubica casi en el suelo, de manera horizontal, tendida sólo unos pocos centímetros por sobre el piso.

Fernández ganó en el 2004 el prestigioso concurso Marcos Bontá y ha sido alumna de Eugenio Dittborn.

Loreto Buttazzoni: Siempre se puede ver más

Loreto Buttazzoni es una artista que logra sorprender. Primero, con su trabajo. El formato, la técnica, una laboriosidad que asombran, algo difícil de lograr cuando pareciera que todo ya ha sido inventado. Al ir a la exposición fíjese bien, mire con atención porque puede suceder que esté mirando pero que en realidad no vea. También no deja de sorprender el tiempo involucrado en su trabajo. "Como dice Eugenio Barba, el máximo esfuerzo para el mínimo resultado'', agrega Loreto.

Segundo, con su desarrollo profesional. Es licenciada en Historia y Periodismo en la UC, fue investigadora del CEP, tiene un master of Arts in Education en Harvard. Y ahora está terminando un magíster en Artes en la UC. Dio una vuelta sumamente interesante para llegar a lo que siempre fue su punto de partida: el amor por el arte.

"Hay que mirar a la naturaleza con los ojos de la mente y no sólo con los del cuerpo, como hacen los seres irracionales... Así como existen voces de tenor, existen ojos de colorista...'', esta frase de David Sutter se aplica a esta artista, una colorista que con sus ojos ha desarrollado una vista privilegiada para el color, para encapsular el tiempo, la memoria.

"Me refiero a una memoria con minúscula, a esos recuerdos que deambulan por nuestra cabeza, sin orden, como secuencias que avanzan pero que no llegan a ningún lado. No son fotografías porque no están fijas'', explica.

La artista cuenta que tiene casi una obsesión por armar el color con esos miles de puntos que se fusionan en sus obras. Cree que esto surgió por un curso que hizo en Italia de restauración donde conoció la técnica del pintor Giovanni Segantini, quien mediante pinceladas más largas, y no puntos, iban trabajando el cuadro. A Segantini se le ubica en una corriente conocida como divisionismo, parecida al puntillismo, pero con un énfasis de inconformismo social, lejano al puntillismo de Seurat. La artista considera su trabajo más relacionado con la restauración, con ese completar los espacios, más que con el puntillismo.

Buttazzoni trabaja con lápices a tinta. Con sus puntos va llenando el espacio, encerrado en círculos, que a su vez están encapsulados en acrílicos. Son puntos que podrían circular, puntos que se integran al muro, y de esa manera se completa la obra. Como escribe Montes de Oca en el catálogo de la muestra, "ahora esperamos para ver qué sucede y es en esta espera donde somos partícipes de un acontecimiento, aquello que es tan intangible como el instante se ve capturado por múltiples fragmentos''.

Mario Silva: nunca es tarde

Antes de ver la película "Up", esa arrebatadora historia sobre la realización de sueños largamente postergados, me tocó conocer un caso real, no tan espectacular como viajar por los aires, pero parecidamente envidiable. Sucede que Mario Silva, a quien no veía desde nuestros años como compañeros en la Escuela de Derecho, me visitó para regalarme un libro finamente editado sobre su obra pictórica. Su publicación coincide con la muestra de sus pinturas en la Galería Aninat.

Mario Silva estudió derecho y ejerció la profesión de abogado por décadas, robándole horas a los fines de semana para estudiar pintura y practicar su arte. Finalmente, en los últimos años, ha podido entregarse por entero a la pasión de su vida. El libro recién publicado y la exposición de Isabel Aninat dan cuenta de los resultados.

Decir que los trabajos de Mario Silva están bastante bien "para ser un artista tardío" sería inaceptablemente condescendiente. La verdad es que él es mucho más que un pintor de domingo. De hecho, su obra es superior a la de varios establecidos pintores de la plaza. Por otra parte, sin embargo, sería halagüeño sostener que su temática y estilo son enteramente originales. El arte de Mario Silva transita, como él mismo se adelanta a reconocer, por la senda abierta por Giorgio de Chirico y continuada por artistas de la vertiente "imaginativa" del surrealismo pictórico (en particular, Max Ernst y la artista mexicana de origen inglés, Leonora Carrington).

Aclaremos: En su plenitud creativa (1909-1915), Giorgio de Chirico fue el adalid de la llamada pintura metafísica, una sugerente meditación visual sobre el tiempo y las cosas. En sus cuadros de esos años podía verse, por ejemplo, una estatua de estilo helénico acompañada de un racimo de plátanos, en medio de una plaza desolada, todo ello dentro de una quietud crepuscular apenas alterada por el paso lejano de un tren. De Chirico fue precursor de una de las dos principales vertientes de la pintura surrealista, que algunos llaman "imaginativa". Esta tendencia reúne elementos figurativos de modo de crear ambientes sugerentes y arcanos, o bien los asocia de modo incongruente y sorpresivo (por ejemplo, una nube dentro de una casa). La otra gran vertiente surrealista, que podría llamarse "fantástica", busca "explorar el inconsciente" creando mundos visuales no reconocibles, aunque plausibles dentro de su propia irrealidad. Matta, Gorky o Masson caben en esta segunda veta. Mario Silva se sitúa dentro de la primera.

Salvo en sus etapas más recientes, la pintura de Silva, que denota un diestro oficio y una imaginación a la vez muy personal y saludablemente desinhibida, puede leerse como un homenaje a una corriente de creación artística que cautivó desde temprano su ojo y su espíritu. Últimamente, este artista ha emprendido nuevos rumbos. Ahora asocia en su mundo visual figuras humanas junto a peleles, juguetes de peluche o personajes en vena de comics, con todo lo que ello tiene de burlón, inocente y perturbador. Detrás de la tela, sin embargo, no se adivina a un pintor acechado por fantasmas, sino a alguien que exhala el contentamiento de quien ha podido extender las alas como siempre soñó.

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Artes y Letras Domingo 29 de agosto de 2010
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