Tres artistas en torno al objeto
Domingo, 05 de Julio del 2009
EXPOSICIONES Marín, Ríos y Atria:
WALDEMAR SOMMER
De personalidades bien definidas, tres artistas todavía jóvenes coinciden, durante estos días, con exposiciones que hacen del objeto su protagonista capital. Dos de ellas exhiben, separadamente, en Sala Gasco. En el trío de obras que ahí propone Magdalena Atria, la construida con libros o revistas en inglés abiertos en 360°, constituye una especie de alta torre. Sus hojas están pegadas y plegadas de tal manera que su ritmo geométrico evoca esos artefactos chinos de papel, para celebraciones. La gravedad funcional, propia de cualquier texto impreso, aparenta forzarse con el afán lúdico, banal y hasta decorativo de este cilindro, capaz de dialogar con la delgada columna arquitectónica del recinto.
WALDEMAR SOMMER
De personalidades bien definidas, tres artistas todavía jóvenes coinciden, durante estos días, con exposiciones que hacen del objeto su protagonista capital. Dos de ellas exhiben, separadamente, en Sala Gasco. En el trío de obras que ahí propone Magdalena Atria, la construida con libros o revistas en inglés abiertos en 360°, constituye una especie de alta torre. Sus hojas están pegadas y plegadas de tal manera que su ritmo geométrico evoca esos artefactos chinos de papel, para celebraciones. La gravedad funcional, propia de cualquier texto impreso, aparenta forzarse con el afán lúdico, banal y hasta decorativo de este cilindro, capaz de dialogar con la delgada columna arquitectónica del recinto.
Los otros dos productos exhibidos siguen su línea habitual de trabajo. Uno de ellos resulta un vasto mural, acaso provisto con remotos ecos rupestres. Si antes era plasticina, hoy se trata de afelpados recortes circulares de signos, que asemejan floraciones o cristalizaciones microscópicas ampliadas. Conforman una especie de nube multicolor que, ondeante y pronta a cambiar de densidad, envuelve un poco al visitante. Entretanto, un díptico de papel con acuarela describe ordenados laberintos lineales en blanco y grises delicados. Las tres obras de Atria, en todo caso, tienden a atacar con suavidad el ojo del espectador, provocándole sensación de movimiento.
Alusión y presencia permanente del objeto, mayor unidad formal y hondura expresiva manifiestan el par de aportes de Livia Marín, que se adaptan con propiedad al segundo recinto de Gasco. En ambas obras se transfigura con intensidad, fantasía y de un modo inquietante el objeto de uso cotidiano: servicio de mesa, en esta ocasión. Así, una vez se nos ofrece un gran mural en yeso y serigrafía, en blanco y azul. Dispuesto como fragmentada pieza de loza china, antes que el mapa de Chile, también sugiere una nube -más sutil que en Atria- próxima a metamorfosearse. Un texto en relieve, abajo, le sirve de visual basamento.
La segunda realización de la artista consiste en una larga fila de objetos de la misma clase anterior, pero ahora resulta una vajilla a la que se agregan varios colores. No sólo es cerámica fragmentada, sino que se presenta derretida, en un desarrollo formal muy interesante. Sin embargo, estas dos "Cosas rotas" van mucho más allá del título y nos internan dentro de su carácter autobiográfico. Éstas, sin entregarnos asomo anecdótico, nos hablan con vigorosa profundidad de una memoria dolorosa de frustraciones y roturas anímicas.
En el segundo piso de Galería Artespacio hallamos a la tercera autora que recurre al objeto como razón de ser de su obra. En este caso, María José Ríos coincide con la famosa Tracey Emin en su autoconfesión , a través de una honda intimidad que hasta llega a tornarse desgarradora. Pero a diferencia de la británica, nuestra compatriota mantiene una candidez, un pudor, un aire juvenil, un optimismo encantadores e inalcanzables para aquélla. Son, pues, instalaciones formadas con menudencias salidas de lo más recóndito del ropero de la artista. Hay, sobre todo, heterogéneas prendas de vestir en combinaciones que se tornan de un barroquismo surrealista.
No obstante, estos contrastes Kitsch de baratijas, textiles, muñequitas, mantelitos bordados de papel, lucecitas de color resultan agrupados con voluntad abstracta. Representa en especial, aquí, ese querer, el conjunto formado por el cromatismo unitario de predominantes cartones y papeles de sabor gráfico. Agreguemos a él otra ejecución igualmente bella: la ubicada en el centro del recinto, donde destacan collar, espejo y bailarina. Luego de observar con detenimiento la propuesta de Ríos, cabe afirmar que la manera tan personal con que ella transfigura sus intermediarios y nos entrega sus secretos resulta capaz de bordear dimensiones épicas.
Alusión y presencia permanente del objeto, mayor unidad formal y hondura expresiva manifiestan el par de aportes de Livia Marín, que se adaptan con propiedad al segundo recinto de Gasco. En ambas obras se transfigura con intensidad, fantasía y de un modo inquietante el objeto de uso cotidiano: servicio de mesa, en esta ocasión. Así, una vez se nos ofrece un gran mural en yeso y serigrafía, en blanco y azul. Dispuesto como fragmentada pieza de loza china, antes que el mapa de Chile, también sugiere una nube -más sutil que en Atria- próxima a metamorfosearse. Un texto en relieve, abajo, le sirve de visual basamento.
La segunda realización de la artista consiste en una larga fila de objetos de la misma clase anterior, pero ahora resulta una vajilla a la que se agregan varios colores. No sólo es cerámica fragmentada, sino que se presenta derretida, en un desarrollo formal muy interesante. Sin embargo, estas dos "Cosas rotas" van mucho más allá del título y nos internan dentro de su carácter autobiográfico. Éstas, sin entregarnos asomo anecdótico, nos hablan con vigorosa profundidad de una memoria dolorosa de frustraciones y roturas anímicas.
En el segundo piso de Galería Artespacio hallamos a la tercera autora que recurre al objeto como razón de ser de su obra. En este caso, María José Ríos coincide con la famosa Tracey Emin en su autoconfesión , a través de una honda intimidad que hasta llega a tornarse desgarradora. Pero a diferencia de la británica, nuestra compatriota mantiene una candidez, un pudor, un aire juvenil, un optimismo encantadores e inalcanzables para aquélla. Son, pues, instalaciones formadas con menudencias salidas de lo más recóndito del ropero de la artista. Hay, sobre todo, heterogéneas prendas de vestir en combinaciones que se tornan de un barroquismo surrealista.
No obstante, estos contrastes Kitsch de baratijas, textiles, muñequitas, mantelitos bordados de papel, lucecitas de color resultan agrupados con voluntad abstracta. Representa en especial, aquí, ese querer, el conjunto formado por el cromatismo unitario de predominantes cartones y papeles de sabor gráfico. Agreguemos a él otra ejecución igualmente bella: la ubicada en el centro del recinto, donde destacan collar, espejo y bailarina. Luego de observar con detenimiento la propuesta de Ríos, cabe afirmar que la manera tan personal con que ella transfigura sus intermediarios y nos entrega sus secretos resulta capaz de bordear dimensiones épicas.

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